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EL PERÚ DESPUÉS DE LAS URNAS: Respeto, participación y unidad en la diversidad

Escribe: José Carlos Sánchez Manayay (*)
Edición N° 1454

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El domingo 7 de junio, millones de peruanos acudieron a las urnas para ejercer su derecho al voto y expresar su visión sobre el futuro del país. Sin embargo, más allá de los resultados electorales, este proceso también ha evidenciado las divisiones, tensiones y desafíos que enfrenta nuestra democracia, así como preocupantes expresiones de intolerancia y descalificación hacia quienes piensan diferente.

Frente a este escenario, el verdadero desafío no es solo aceptar los resultados, sino fortalecer nuestra ciudadanía, promover una participación más activa y responsable, y aprender a convivir respetando la diversidad de ideas y opiniones. Hoy más que nunca, el Perú necesita construir puentes de diálogo y unidad para consolidar una democracia más inclusiva y representativa para todos.

La ciudadanía va más allá del voto

La ciudadanía no se limita al acto de votar; también se expresa en la participación en la vida pública, el interés por los asuntos colectivos y el respeto hacia quienes piensan diferente. En el Perú, donde el voto es obligatorio, millones de ciudadanos fortalecen la legitimidad democrática con su participación, pero ello también implica respetar los resultados y reconocer la diversidad de opiniones que existe en el país. En una sociedad diversa y desigual, es natural que las personas, desde sus distintas experiencias y realidades, tengan diferentes visiones sobre los problemas nacionales y las formas de resolverlos.

Cuando la diferencia se convierte en polarización

La diversidad de opiniones fortalece la democracia. Sin embargo, el reciente proceso electoral ha evidenciado una creciente polarización, donde el debate de ideas ha sido reemplazado, en muchos casos, por la descalificación, el insulto y la intolerancia hacia quienes piensan diferente.

Las discrepancias son naturales en toda sociedad democrática, pero se convierten en un problema cuando dejamos de reconocer al otro como un interlocutor legítimo y comenzamos a ver la diferencia como una amenaza. En ese punto, el debate deja de centrarse en las ideas para enfocarse en desacreditar a las personas, una de las expresiones más preocupantes de la polarización.

El peligro de cuestionar la ciudadanía de otros

Lo más preocupante del contexto actual es que la polarización ha estado acompañada de discursos racistas, clasistas y discriminatorios que buscan desacreditar el voto de ciudadanos de la sierra y del sur del país por su origen, identidad cultural o condición social. Esta situación contradice un principio fundamental de la democracia: todos los ciudadanos tienen el mismo valor y los mismos derechos. Cuestionar la legitimidad de ciertos sectores para participar en las decisiones colectivas no solo profundiza la división social, sino que también debilita la convivencia democrática y el principio de igualdad que sustenta nuestra ciudadanía.

Una oportunidad para fortalecer nuestra democracia

Este escenario también representa una oportunidad para reflexionar sobre el país que queremos construir. Las elecciones han evidenciado nuestras diferencias, pero también nos recuerdan que compartimos la responsabilidad de contribuir al desarrollo del Perú.

La democracia requiere ciudadanos activos y comprometidos, cuya participación no se limite al voto, sino que contribuya permanentemente al fortalecimiento de las instituciones y al bien común. Para ello, es fundamental promover una cultura basada en el respeto, la tolerancia y el reconocimiento de la diversidad, entendiendo que nuestras diferencias deben fortalecer el diálogo y no dividirnos como sociedad.

El desafío después de los resultados

En los próximos días, la Oficina Nacional de Procesos Electorales dará a conocer los resultados oficiales que definirán al ganador de la segunda vuelta presidencial. Cuando ello ocurra, el verdadero desafío recién comenzará.

Quien resulte elegido tendrá la enorme responsabilidad de gobernar para todos los peruanos y peruanas, sin distinción alguna. Su deber será promover políticas públicas orientadas al bienestar general, reducir las brechas sociales que aún persisten en el país y atender prioritariamente las necesidades de los sectores más vulnerables.

Pero la responsabilidad no recae únicamente en quienes ejercen el poder. La ciudadanía también tiene un papel fundamental. Como ciudadanos debemos mantenernos vigilantes, ejercer control democrático, exigir transparencia y participar activamente en la vigilancia de las decisiones públicas. No se trata de alimentar la confrontación permanente, sino de fortalecer la rendición de cuentas y asegurar que las acciones del Estado respondan al interés general.

Un llamado a la unidad en la diversidad

Hoy más que nunca, el Perú necesita unidad basada en el respeto mutuo y el reconocimiento de nuestras diferencias. La democracia exige dialogar y respetar el derecho de cada ciudadano a pensar distinto, sin que el valor de una persona dependa de la forma en que vota.

Los resultados electorales pasarán, pero los desafíos del país seguirán demandando el compromiso de autoridades y ciudadanía. Por ello, el verdadero reto no termina en las urnas, sino en fortalecer nuestra ciudadanía y construir una democracia más inclusiva, participativa y capaz de unirnos en la búsqueda de un Perú más justo para todos.

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(*) Politólogo:

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El género en casa

Escribe: Luis Rolando Alarcón Llontop (*)
Edición N° 1454

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  • Los estereotipos no son ficciones antojadizas que circulan en dimensiones paralelas ni distantes de la realidad: los estereotipos de género suelen ser espejo de lo real.

Dos investigaciones cuyo tema central es la discriminación contra la mujer en medios de comunicación y en redes sociales, y con uno de sus énfasis en los estereotipos que se forman en estos canales sobre ellas, esperan el veredicto de pares evaluadores en una revista científica y un evento académico dedicado.  En ambos estudios, una estereotipia hallada tiene que ver con roles de la mujer asignados para que los cumpla en casa.

Respecto a los estereotipos sobre la mujer ya hemos antes conceptualizado -recogiendo de varias fuentes- que son ideas aceptadas comúnmente por la sociedad machista con carácter de inmutable que se establecen y perpetúan respecto a las mujeres en general, relegando su participación en sociedad en contextos que terminan por discriminarla, esto es, recortando el goce real de sus derechos.

De Martínez Villegas y Camacho Castañeda (2020), Barbera y Wences (2020) y ACHNUC (2023), entre otras bases consultadas, se tiene que los estereotipos de género constituyen visiones generalizadas o ideas preconcebidas respecto a los atributos o las características, o los papeles que desempeñan o deberían desempeñar las mujeres.

Y hay más: Unas veces abiertamente hostiles (como en: "las mujeres son irracionales"), otras en apariencia benignos (en la romántica: "ellas son cariñosas"), los estereotipos resultan perjudiciales al apoyar y naturalizar desigualdades. Por citar, foco de este artículo, la visión tradicional que tiene a las mujeres como cuidadoras termina por endilgarles o refuerzan el que las responsabilidades del cuidado de los niños y mayores en el hogar recaigan mucho más o hasta exclusivamente en ellas.

Del dicho al hecho

Lo cierto es que los estereotipos no son ficciones antojadizas que circulan en dimensiones paralelas ni distantes de la realidad: los estereotipos, en este caso los de género, suelen ser espejo de lo real. Aunque no sabremos qué será el huevo o qué la gallina. Particularmente, sospecho que se trate de un proceso de retroalimentación: la realidad alimenta la estereotipia y la estereotipia devuelve a la realidad. Un continuo.

En ese marco, el informe “Las personas trabajadoras de América Latina con responsabilidades de cuidados: Una mirada regional al Convenio 156”, publicado en marzo pasado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) para América Latina y el Caribe, alcanza datos que sostienen nuestra tesis y que tomamos acaso resumidos:

Datos relevantes:

– A nivel mundial, las mujeres realizan el 76,2 % de todo el trabajo de cuidado no remunerado, dedicando 3,2 veces más tiempo a estas tareas que los hombres. Así, 606 millones de mujeres en edad de trabajar (21,7 %) realizan trabajos de cuidado no remunerados a tiempo completo, bien, bien, lejos de los 41 millones de hombres (1,5 %).

– En América Latina, las mujeres dedican entre 6,3 y 29,5 horas semanales más que los hombres a realizar trabajos de cuidado no remunerados. Son en total 8.417 millones de horas semanales dedicadas al trabajo de cuidado no remunerado por parte de las mujeres en la región.

– En 2022, las mujeres en América Latina percibieron en promedio el 88,2 % del salario mensual real de los hombres en zonas urbanas. Pero cuando se considera el total de los ingresos laborales, incluyendo los distintos tipos de empleo y las horas trabajadas, la brecha se amplía notablemente: las mujeres perciben apenas un 59 % de lo percibido por los varones.

Ha dicho al respecto la directora regional de la OIT para América Latina y el Caribe, Ana Virginia Moreira Gomes: "El trabajo de cuidado, esencial para nuestras economías y sociedades, sigue subestimado y distribuido de manera desigual, perpetuando las desigualdades de género".

Si esta inequidad -real- restringe no sólo la participación laboral de las mujeres, sino que también las relega a una situación de desventaja económica y social, se naturaliza y perpetúa a nivel de imaginarios colectivos con los estereotipos que persisten en erigir sobre ellas, medios de comunicación tradicionales tanto como redes sociales. 

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(*) Colaborador y articulista.

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