Todos los días, cerca de la medianoche y luego de culminar la jornada laboral, abandonaba canal 4 TV de Chiclayo y recorría a pie veinte cuadras hasta mi casa.Tomaba la calle Elías Aguirre y, obligatoriamente, debía pasar por el parque principal, en el corazón de la ciudad.
Muchas fueron las noches en que, tras partir desde la urbanización Los Parques hasta el barrio Suazo, al este de Chiclayo, me detenía en el restaurante “El Trébol” (años después a su nombre se agregaría el de “Las Américas”), a un costado de la iglesia Catedral. Saciaba mi sed, probaba algunos alimentos y, sobre todo, me reencontraba con la gente de prensa, que tenía a ese lugar como punto de bohemia y conversación de las largas jornadas del día.
Más de los domingos, a veces bien acompañado, iba al restaurante tras disfrutar de una de las excelentes películas que proyectaba el Cine Teatro “Tropical”, a un costado del restaurante, en tiempos en que para ingresar se formaban largas colas y en que la platea y el balcón se abarrotaban, ante los esfuerzos personales de Luis Cortez, quien regentaba la sala.
Comenzaba la década del setenta. Ocho años antes, el 26 de septiembre de 1962, se habían abierto sus puertas. “El Trébol” marcaría el ritmo de la vida social de la ciudad durante décadas. Augusto Vásquez Torres, un hombre con “corazón de oro” venía de trabajar en el restaurante Roma y, junto a su esposa, Lucila Ramos Bobadilla; e hijas, Martha, Mary, Luisa, Lina y Marianela Vásquez Ramos, decidió darle vida a ese local.
Pero la historia de este restaurante no comenzó con el brillo de la inauguración, sino con el polvo de un abandono de casi cuarenta años y unos muebles de madera tan pesada que parecían anclados al pasado. A su lado, desde el primer día estuvo Lizandro Sánchez Rodríguez. Acababa de salir del ejército y fue contactado por don Augusto. “Vamos a abrir ese negocio. ¿Quieres trabajar conmigo?”, le dijo. No solo fue el primer mozo. Se convirtió en el guardián de los secretos de una casa que atendía tanto a los hombres más ricos de la región como a los periodistas más agudos de la bohemia chiclayana.
Cada mañana, a las diez, el ritual se repetía. La “primera mesa” de “El Trébol” era territorio exclusivo de “Los Satanaces”, un grupo de diez a doce personajes que Lizandro describe como “los millonarios de Lambayeque”. Sus sesiones de café y whisky podían extenderse hora tras hora, hasta que Lizandro les servía los mejores cortes de lomo finoantes de que se retiraran. Existía tal confianza que, a veces, se iban sin pagar, saldando sus cuentas al día siguiente sin que faltara jamás un centavo. Sánchez recuerda con picardía cómo sus compañeros evitaban esa mesa porque tales parroquianos no solían dejar propina. Pero él los atendía con devoción sabiendo que, al final, la lealtad de estos clientes era el motor del local.
Tinta y bohemia
Cuando caía la noche, el ambiente se transformaba. Los banqueros del Banco Popular, en la esquina de Elías Aguirre y la avenida Balta y los periodistas de varios medios, tomaban el relevo. En la entidad bancaria trabajaban por la mañana quienes ejercían el periodismo por las noches, sobre todo deportivo, como Ángel Navarro Carlos, director de “Ovación”, el programa de Deportes de Radio Star o Juan Rafael Sorogastúa Leyva, director de “Pregón Deportivo”, de Radio Délcar y después en radio Chiclayo, así como algunos miembros de estos espacios, como Jorge Raffo Niquén, Juan Francisco Vélez Quiroz, el “Gallo Vélez”, Alejandro Gonzáles Bravo, Pablo Horna Sánchez. Y, con ellos, estaban los bohemios y trasnochadores periodistas Jesús Alfonso “Fuco” Tello Marchena, José Ramírez Ruiz, Manuel Vidarte Sierra, Germán Segura Salcedo, Baxter González Solano, Manuel Herrera Portilla o Jorge “el Negro” Quiroz Rodríguez, quienes eran parte esencial de esas tertulias donde se mezclaba el periodismo con el esparcimiento. Y, por supuesto, el autor de esta nota, que esporádicamente por allí se colaba para escuchar los consejos de viejos colegas y aprender de sus gratas experiencias periodísticas.
Ángel Navarro, “El zorro”, debido a temas de salud evitaba la cerveza y prefería el ron o pisco. Otros, como este escriba, solo bebíamos cerveza y fumábamos como chinos; más por acompañar las noches de bohemia. La familiaridad era tal que estos personajes a veces llevaban sus propias botellas, confiando plenamente en que se les atendería “a buena altura”. Y entre tertulia, juegos de casino y de dados, la noche se nos pasaba hasta que más nos retirábamos obligados por el cierre del local.
Para el dueño del restaurante, Augusto Vásquez, yo era “el joven periodista”. Había asumido la dirección de prensa en la única televisora que, desde Lima y con programas periodísticos y de entretenimiento en Chiclayo, emitía su señal en todo Lambayeque y gran parte del norte y nororiente peruano. La amistad con don Augusto permitía a los periodistas la licencia de permanecer en un espacio del establecimiento, departiendo anécdotas, celebrando acontecimientos, cuchicheando las últimas noticias y, por qué no, recordando algún amor no correspondido. Y, sí, más de una vez me jaraneé hasta el amanecer, escuchando y tratando de entonar las canciones de José José, Roberto Carlos, Nino Bravo y Jeanette con su Corazón de poeta.
El sindicato y la amistad
Lo que hacía único a “El Trébol” era la relación entre su dueño, Augusto Vásquez, y su primer mozo. Tal como me cuenta Lizandro Sánchez, él no solo era el empleado de confianza.Alrededor de 1968, tras regresar de una beca de tres años en México, Lizandro se convirtió en dirigente del sindicato de trabajadores hoteleros. Bajo su liderazgo, el sindicato logró conquistas históricas para el local: la jornada de 8 horas con alimentos y la dotación de uniformes.
A pesar de la cercanía y amistad que tenía con don Augusto, Lizandro sabía separar los ámbitos. Relata que se sentaba a la mesa a negociar “de igual a igual”, recordándole a sus compañeros que en ese momento se discutían temas de la empresa y no cuestiones personales. Cuando don Augusto despedía a un trabajador de manera impulsiva o incorrecta, Sánchez intervenía para advertirle sobre las consecuencias legales, como multas o juicios perdidos, basándose en su conocimiento de leyes laborales. “Usted es mi jefe; yo le admiro... pero hay que respetarnos”, le insistía Lizandro a don Augusto. Sus compañeros se asombraban de cómo Lizandro podía sentarse a negociar pliegos de reclamos con el dueño con tanta naturalidad. La clave era la autoridad moral: Nunca faltó un solo día al trabajo en décadas. Siempre llegaba puntual. Ello le permitía exigir derechos con la frente en alto. Lizandro actuaba frecuentemente como un puente entre la ley y su jefe. Mantenía una postura ética clara: aclaraba que el sindicato no estaba para defender a “rateros” o malos elementos, sino para asegurar que se respetaran los procedimientos legales y evitar que la empresa se viera perjudicada por fallos administrativos.
La jerarquía se disolvía al terminar la jornada. Cerca de las tres o cuatro de la mañana. Don Augusto, Lizandro y los mozos Cabrejos, Pérez, Quispe, Alarcón (apodado “el altazo”), Saldivar y De la Torre, solían subirse a una camioneta que los esperaba en la puerta para irse a “El Gitano”, en la calle Lora y Cordero que atendía toda la noche hasta el amanecer. No los acompañaba la señora Luz Carrasco, quien se despedía para ir a su casa. Hasta esa hora, Luz permanecía en caja y controlaba estrictamente las cuentas, como persona de máxima confianza de la familia.
Ya en “El Gitano” jugaban “cachito” (dados). Don Augusto solía pagar las primeras seis botellas antes de entrar al juego. En esas noches, el patrón se convertía en un amigo más que compartía chistes y risas, demostrando ese “corazón de oro” que a veces le jugaba malas pasadas en los negocios, permitiendo que gente que no servía se aprovechara de su bondad.
La salsa del sabor
El restaurante brilló durante varios años, tanto como lugar estratégico, como por su atención y servicio gastronómico. No se podía hablar de “El Trébol” sin su chicharrón de pollo, el plato bandera que surgió de la experimentación del propio Augusto Vásquez. Sin ser un chef de escuela, don Augusto ingresaba a la cocina para supervisar que ningún plato saliera sin su aprobación. De sus idas al mercado y sus pruebas con cremas espesas nació una sustancia deliciosa: la “Salsa Trébol”, que don Augusto preparaba en base a huacatay, una hierba aromática famosa por su intensa fragancia, que mezcla notas de menta, albahaca y cítricos; ahora clave en la gastronomía peruana para preparar la ocopa y cremas de pollo a la brasa.
Fue un éxito rotundo que Lizandro aprendió a preparar “copiándose” la receta al observar a su jefe. Y la usa hasta hoy. Con su familia ha instalado un servicio de menú de delivery en su propia casa, donde hace degustar la salsa del sabor, según lo comprobamos con Luisa Vásquez, hija de don Augusto, cuando ambos le robamos a Sánchez valiosos minutos de su descanso, para que nos contara estos y otros muchos recuerdos de su paso por ese espacio de gastronomía, bebidas y conversación infinita de esas noches eternas. No guarda fotografías de esa época. Solo un recuerdo físico de hace cincuenta años: un reloj en alto relieve, con la propaganda de una bebida gaseosa.
El traspaso y la etapa final
Al otro costado del cine “Tropical”, existía un amplio local abarrotado con desechos del mismo cine, que incluían máquinas de proyectar viejas, rollos de películas deterioradas y otros enseres. Don Augusto alquiló ese ambiente y lo destinó para que sus hijas estuvieran al frente en un local exclusivo para comidas. Lo bautizó como “Las Américas”. El “Trébol”, su “Trébol”, seguiría como bar. Ambos restaurantes, a uno y otro costado del cine “Tropical”.
Antes de comenzar la década del ochenta, el negocio original de “El Trébol” empezó a decaer debido a malos negocios externos de don Augusto, como la formación -sin los conocimientos necesarios- de una academia y la adquisición de una máquina bordadora, que terminaron en embargo. El local fue traspasado a una persona que llevó a don Augusto a Lima para cerrar el trato. Al final, esa persona no cumplió con el pago de las deudas sociales de los trabajadores y el contrato se deshizo. Ante tal situación, los trabajadores, bajo la gerencia de Lizandro Sánchez, decidieron tomar el nombre y mudarse a un nuevo local en la calle Torres Paz, entre la avenida Balta y la calle Colón. Allí, en esta nueva ubicación Lizandro Sánchez se desempeñó como gerente durante 10 años, manteniendo vivo el nombre de “El Trébol”, hasta que la sociedad de mozos finalmente se disolvió debido a dificultades administrativas.
Hoy, el local de Elías Aguirre es un recuerdo que renace con un ambiente del mismo nombre, pero ya con otra nueva historia; porque allí ya no están don Augusto, ni su esposa e hijas; ni tampoco Lizandro y sus compañeros que atendían; ni los bohemios de entonces; ni mucho menos la inconfundible “salsa Trébol”, que ahora se continúa sirviendo en “Las Américas” y que en la puerta, con un gran letrero, da la bienvenida al Papa León XIV.
Sin embargo, en el testimonio de Lizandro Sánchez, “El Trébol” sigue vivo. Es la historia de una época donde la palabra valía más que un contrato, donde el patrón y el obrero podían ser cómplices en una mesa de dados, y donde Chiclayo encontraba su alma entre el aroma de un buen café y el eco de una jarana con cajón.
----------------
* Periodista. Director de www.miraporellos.pe
respuesta de 378361 el 2021-10-05.
http://prednisonebuyon.com/ - can i buy prednisone over the counter
respuesta de 753237 el 2021-10-01.
Levitra Samples
respuesta de 483353 el 2021-09-26.
https://buyplaquenilcv.com/ - hydroxychloroquine purchase
respuesta de 493681 el 2021-09-25.
Plaquenil
respuesta de 345944 el 2021-09-21.
Zithromax
respuesta de 968565 el 2021-09-09.
cialis para q sirve
respuesta de 391757 el 2021-08-28.
Zithromax Before Surgery
Deja tu Comentario