Hay caminos que no se eligen por diseño, sino por revelación. Durante años, para el chiclayano Miguel Portocarrero Araujo, la vida transcurría entre los compases de la música —su primera pasión sobre los escenarios— y las aulas universitarias donde cursaba la carrera de Derecho. Creía que la defensa de la justicia era su meta final hasta que una apendicitis lo llevó, de emergencia, a la cama de un hospital y luego a un cambio en su ruta profesional.
Aquella estancia hospitalaria no solo curó su cuerpo, sino que redefinió su destino. Fue allí donde conoció a una trabajadora social que no se limitó a revisar un expediente clínico, sino que indagó con calidez en su entorno familiar y sus emociones. Miguel Portocarrero observó aquella intervención cercana, profundamente humana, y descubrió una labor que trascendía los códigos legales: la capacidad de sostener al vulnerable en su momento más frágil. Dejó los tribunales a mitad de carrera para postular a Trabajo Social en la Universidad Señor de Sipán, convencido de que su verdadera trinchera no estaba en las leyes, sino en el contacto directo con el ser humano.
De la gestión a la primera línea
Su egreso en el 2024 marcó el inicio de una evolución profesional acelerada. Tras un paso por el sector privado en gestión de bienestar laboral dentro de una call center, sintió la necesidad de llevar su vocación hacia un impacto social más profundo. Decidió ingresar al sector público a través del Servicio Rural y Urbano Secundario de Salud - SERUMS, logrando ingresar en el octavo puesto a nivel nacional.
Designado al Centro de Salud Paiján, en La Libertad, asumió la gestión de Promoción de la Salud. Allí articuló esfuerzos con municipios, policías y procuradurías para impulsar campañas médicas e intervenciones en beneficio de la comunidad. Su gestión no pasó desapercibida, pero al culminar su periodo de servicio, el ansia de seguir aportando lo llevó a mirar hacia la capital.
A fines de año, se presentó al concurso público nacional convocado por el Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas – INEN, para cubrir plazas nombradas bajo el régimen 276 de la función pública. Competía contra más de 300 profesionales de todo el país, muchos con años de trayectoria. Sin embargo, su rigurosa preparación académica y el perfil de gestión demostrado le valieron ocupar el primer lugar en su especialidad, alcanzando su nombramiento en la institución referente de la oncología en el Perú.
La misión de humanizar
El traslado a Lima y el ingreso al INEN significaron un choque de realidad profundo. Trasladarse desde su cálida Chiclayo natal para asumir turnos de 12 horas en las áreas más complejas del instituto —como Emergencia y Medicina Paliativa— puso a prueba su temple.
“El impacto emocional fue fuerte”, confiesa. En Medicina Paliativa, donde los pacientes no buscan una cura sino aliviar el dolor o alcanzar calidad de vida en sus días finales, el agotamiento va más allá de lo físico. “Terminaba mis turnos sintiendo que un camión me había pasado por encima; llegaba a casa solo a bañarme, descansar y desconectarme para asimilar todo lo vivido, hasta entender que era parte del proceso y del aprendizaje”, comenta.
En esos pasillos, donde convergen familias provenientes de regiones muy pobres como Ayacucho y Huancavelica, de los rincones más alejados del país, muchos sin soporte familiar en la capital ni recursos para costear donantes de sangre o estadía, comprendió que la salud no es únicamente un tema de infraestructura o medicinas. El mayor déficit, advierte, reside en la pérdida de sensibilidad.
“La empatía y la humanización se han ido perdiendo en el sector Salud. Ver pacientes desorientados o angustiados por citas lejanas te obliga a intervenir, a buscar alternativas con aliados como las damas voluntarias o gestiones de emergencia para acelerar su atención”, reflexiona.
Recuerda con particular conmoción el caso de una paciente extranjera con cáncer de estómago en estado avanzado que no contaba con documentos para acceder al Servicio Integral de Salud - SIS. Gracias a coordinaciones estratégicas con Migraciones, logró agilizarse su carné de extranjería e internarla a tiempo. Aunque la paciente falleció semanas después debido a la gravedad de la enfermedad, la familia lo llamó no para lamentar el trámite, sino para agradecerle haber estado a su lado hasta el último aliento. Para él, esa es la esencia de su profesión: devolverle la dignidad al paciente y la certeza de que no está solo.
Liderazgo con sello chiclayano
A sus primeros meses de gestión, su desempeño y compromiso le han valido asumir la coordinación interina del Área de Trabajo Social en el INEN para mesas de trabajo institucional, un nuevo reto que afronta con la humildad de quien aprende en la marcha. Aunque la capital impone su propio ritmo, asegura sentirse en casa al cruzar miradas y acentos con los paisanos chiclayanos que transitan por el hospital.
Miguel Portocarrero Araujo representa a una nueva generación de profesionales que no le teme a la complejidad de la salud pública. Su historia recuerda que detrás de cada diagnóstico hay una historia de vida, y que la empatía no es solo una virtud deseable, sino la herramienta médica indispensable para sanar.
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