Durante periódicos reconocimientos arqueológicos realizados en 1978 en la parte baja del valle de Zaña, un equipo de especialistas identificó las evidencias tangibles de un extraordinario mural policromo asociado a un importante edificio prehispánico. Los factores naturales del entorno y la desafortunada acción de excavadores clandestinos en la región habían dejado expuesta una pequeña porción de este muro decorado. Afortunadamente, esta sección logró ser protegida y cautelada oportunamente para garantizar su conservación y posterior estudio científico. Tras este primer hallazgo y las medidas inmediatas de resguardo, entre los meses de octubre y noviembre de 1983 se ejecutó la primera temporada oficial de investigación arqueológica en el área, bajo la conducción de los reconocidos arqueólogos Walter Alva Alva y Susana Meneses Castañeda.
La estructura arquitectónica que contiene estas pinturas murales se localiza en el paraje denominado San Miguel, perteneciente a la Cooperativa Agraria de Úcupe, en el distrito de Lagunas, provincia de Chiclayo. El sitio se ubica en una extensa llanura aluvial, en la sección baja meridional del valle del río Zaña, a tan solo dos kilómetros y medio en línea recta de la desembocadura marítima. El entorno geográfico corresponde a un paisaje árido característico de las áreas desérticas marginales cercanas a las tierras agrícolas actuales, donde bosques de algarrobos y arbustos xerófilos se distribuyen sobre un terreno ondulado por capas de arena eólica y dunas semiestables. Hacia el sur destacan los Cerros de Purulén como la única formación montañosa relevante de la zona, mientras que al este se extienden las pampas de Úcupe cruzadas por el cauce ocasional del río Carrizal, quedando los campos de cultivo y el cauce principal del río Zaña al oeste y al norte.
El desarrollo de los trabajos de campo contó con un respaldo institucional decisivo. Destacó el auspicio de la Comisión de Arqueología General y Comparada del Instituto Arqueológico Alemán, cuyo director, el profesor H. Müller-Karpe, mostró un particular interés por la recuperación documental de esta monumental evidencia histórica. Asimismo, la Cooperativa Agraria de Úcupe brindó un valioso apoyo logístico proporcionando personal para las faenas arqueológicas. La comunidad local y sus trabajadores desempeñaron un rol fundamental al asumir la protección del sitio desde su descubrimiento en 1978, manteniendo una vigilancia permanente sobre la huaca. Las acciones finales en el terreno pudieron concretarse gracias al oportuno apoyo brindado por el empresario Giorgio Battistini, desde la ciudad de Chiclayo.
Las representaciones
Las figuras representadas en la pintura mural pertenecen estilísticamente al periodo clásico de Lambayeque, una tradición cultural de la costa norte del Perú que se consolidó entre los años 850 y 1100 d. C. Esta civilización abarcó un ámbito geográfico comprendido entre el valle de Jequetepeque por el sur y el valle de Olmos por el norte. Sus expresiones iconográficas, manifestadas habitualmente en delicados trabajos de orfebrería y cerámica, presentan como motivo central recurrente a un personaje mitológico caracterizado por sus ojos «alados» o almendrados, una nariz en forma de pico de ave y un vistoso tocado semilunar.
El ejemplo más emblemático de esta divinidad completa es el célebre Tumi de Íllimo o Batán Grande, considerado una de las mayores obras maestras de la metalurgia prehispánica andina. En la cerámica, el personaje suele aparecer moldeado en el gollete de vasijas de cuerpo globular y base pedestal, mientras que en otros artefactos aparece únicamente su faz o símbolos convencionales asociados en máscaras funerarias de metal u objetos rituales, combinados con otros seres mitológicos. Se trata de un motivo iconográfico de altísima valoración religiosa y política para la cultura Lambayeque, cuyo significado profundo aún permanece en estudio por parte de los científicos.
En el Mural de Úcupe, los personajes representados adoptan las convenciones de esta tradición artística general, por lo que no constituyen una excepción estilística aislada. Sin embargo, su valor documental radica en el extraordinario conjunto de variaciones que presenta cada uno de los individuos dibujados, mostrándolos como personajes claramente diferenciables dentro de una misma unidad temática. Los arqueólogos señalan que proponer una interpretación definitiva resulta prematuro en tanto no se complete la excavación y documentación de la composición total de las pictografías, las cuales abarcan muros laterales y estructuras subyacentes que aún permanecen enterradas en el sitio arqueológico.
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