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LA CORRUPCIÓN EN LOS GOBIERNOS LOCALES: Fuera del foco, pero con un alto costo para el desarrollo de los pueblos

Escribe: José Carlos Sánchez Manayay (*)
Edición N° 1463

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La corrupción no vive solamente en los grandes escándalos. Mientras la atención pública se concentra en la llamada “gran corrupción”, en los gobiernos locales se acumulan investigaciones, denuncias y alertas por presuntas irregularidades. Allí, donde el Estado está más cerca del ciudadano y donde cada sol debería contribuir a cerrar brechas, una contratación irregular, una obra paralizada o una decisión tomada en beneficio de unos pocos puede tener un alto costo social. Porque en los territorios más vulnerables, la corrupción no solo puede significar dinero perdido: también significa oportunidades de desarrollo que no llegan.

Cuando hablamos de corrupción en el Perú, solemos pensar en grandes obras, millones de soles y altos funcionarios. Sin embargo, los reportes oficiales muestran que el problema también está mucho más cerca del ciudadano. Al cierre de 2024, las municipalidades concentraban más del 37 % de los casos de corrupción en trámite y registraban la mayor cantidad de casos en 18 regiones, según la Defensoría del Pueblo.

La situación se mantuvo en el primer semestre de 2025: 2205 de los 6503 casos de corrupción en trámite correspondían a municipalidades, es decir, más del 33 % del total.

Asimismo, un reporte de la Defensoría, basado en informes de control de la Contraloría, identificó 1052 responsabilidades de presunta naturaleza penal en gobiernos distritales entre enero de 2023 y junio de 2025.

Estos datos muestran que la corrupción municipal no es un problema menor ni distante. Una contratación cuestionada, una obra que no se ejecuta o una decisión que se aleja del interés público puede terminar afectando directamente los servicios y las oportunidades de desarrollo de una comunidad.

Cuando cada sol público debería valer más

Esta realidad resulta aún más preocupante en los territorios rurales y alejados de las grandes ciudades. En Lambayeque, distritos como Incahuasi, Kañaris y Salas todavía enfrentan importantes brechas en servicios e infraestructura. Allí, cada recurso público debería administrarse con mayor responsabilidad, porque las necesidades son mayores y las oportunidades para la población, más limitadas.

Sin embargo, lejos de los grandes titulares, la ciudadanía convive con prácticas que generan cuestionamientos sobre la integridad y transparencia de la gestión pública: favoritismos, decisiones poco transparentes, posibles conflictos de interés o contrataciones que despiertan dudas. Cuando quienes tienen la responsabilidad de decidir dejan de priorizar el interés general y anteponen intereses particulares, el riesgo de corrupción termina afectando derechos y oportunidades de toda una población.

Y las consecuencias atraviesan generaciones. Niños que crecen con dificultades para acceder a servicios de salud y educación de calidad; familias que enfrentan problemas de acceso a agua segura y saneamiento; jóvenes con pocas oportunidades para desarrollar sus capacidades; y poblaciones que continúan enfrentando problemas como la anemia, la desnutrición crónica y las dificultades para acceder a servicios esenciales. Cuando los recursos públicos no cumplen su finalidad, pueden convertirse en derechos que no se garantizan y oportunidades de desarrollo que se pierden.

El problema es que estas situaciones no siempre son visibles ni llegan a los grandes medios de comunicación. Pero sí son visibles para quienes las viven todos los días. Por eso, hablar de integridad y lucha contra la corrupción en los gobiernos locales no es solamente hablar de dinero: es hablar de derechos, oportunidades y del futuro de generaciones enteras.

Las alertas existen, el desafío es actuar a tiempo

 

No se trata de afirmar que una municipalidad es corrupta porque existen denuncias o alertas. Una denuncia no constituye por sí misma una prueba, pero sí una señal que debe ser investigada y atendida oportunamente. Los informes de control, las denuncias ciudadanas y las investigaciones de las instituciones competentes permiten identificar riesgos antes de que se conviertan en daños mayores.

 

También es necesario recordar que un cargo público no es un privilegio ni una oportunidad para beneficiarse del Estado: es una responsabilidad para servir a la ciudadanía. Quienes administran recursos públicos tienen el deber de hacerlo con transparencia, integridad y pensando en el interés general, no en intereses particulares ni utilizando los recursos públicos a su antojo.

 

La ciudadanía también tiene un papel fundamental. No debemos normalizar el favoritismo, el direccionamiento de contratos, los conflictos de interés o el uso indebido de los recursos públicos. Vigilar, denunciar y exigir rendición de cuentas también es una forma de defender lo que pertenece a todos.

 

La lucha contra la corrupción municipal debe comenzar mucho antes de una investigación o una sentencia: con autoridades que sirvan, instituciones que actúen frente a las alertas y ciudadanos que no permanezcan indiferentes. Porque cada recurso público que se desvía de su propósito no solo representa dinero perdido; puede significar un derecho que no se garantiza, una oportunidad que se pierde y años de desarrollo que se postergan.

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(*) Politólogo.

 

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