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MANUEL PARDO Y “EL PARTIDO DE SAÑA”: Entre el tabaco virreinal, el salitre republicano y la construcción del Estado

Escribe: Freddy Centurión González (*)
Edición N° 1459

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Hace casi un siglo y medio, el 2 de agosto de 1876 terminaba el primer gobierno civil del Perú, encabezado por Manuel Pardo y Lavalle, entregando el mando a su sucesor electo. Había logrado sobrevivir en medio de una debacle económica y una enorme agitación política, expresada en las más de treinta conjuras y rebeliones en su contra. Nadie imaginaba que las medidas fiscales tomadas en relación con el salitre y las políticas internacionales, serían parte importante en el camino hacia la catástrofe de 1879, que Pardo no llegaría a ver, debido a su cobarde asesinato en la puerta del Senado en 1878.

La visión política pardista, estudiada ampliamente por Carmen McEvoy, partía de un fortalecimiento del aparato del Estado y de una toma de conciencia por parte de la sociedad civil, a fin de constituir, lo que él llamó, la “República práctica”, en base a la razón y el orden frente a los caudillos militares. No es casualidad por ejemplo que Pardo impulsase la descentralización administrativa a través de las municipalidades a las que dio amplias atribuciones en los temas educativos y sanitarios. Tampoco sorprende el interés de Pardo por profesionalizar la burocracia pública nacional a través de la creación de la Facultad de Ciencias Administrativas y de la actual Universidad Nacional de Ingeniería, ni el auspicio a la publicación de obras que contribuyen a desarrollar la cultura peruana, como los estudios del sabio Raimondi, los análisis estadísticos del Murciélago Fuentes, las Tradiciones de Palma o los trabajos administrativistas de Pradier Foderé.

La mirada de 1860

Una década antes de fundar el Partido Civil y ascender a la presidencia, el joven Manuel Pardo ya mostraba una aguda sensibilidad por la historia y la economía, enfocados desde un punto de vista práctico, destacando su célebre artículo “Estudios sobre la provincia de Jauja”, donde reflexionaba sobre el uso de la riqueza guanera y la necesidad de establecer vías de comunicación. En esa línea, en 1860, publicó en La Revista de Lima un artículo titulado “El partido de Saña ó Lambayeque en el siglo pasado”, un texto que, más que una simple crónica, constituía una reflexión sobre la capacidad productiva del norte peruano.

En su artículo, el joven intelectual abrazaba la estadística no como un mero ejercicio numérico, sino como el "más seguro termómetro de la civilización de un pueblo". Para Pardo, el progreso material estaba íntimamente ligado al progreso moral. Al describir la feracidad de las tierras lambayecanas, no solo hacía un inventario agrícola; exaltaba el carácter industrioso de sus habitantes, a quienes el funcionario virreinal Lecuanda llamaba "los catalanes de la América".

José de la Riva-Agüero y Osma subrayaría, años después, que esta visión denotaba en Pardo un pensamiento alejado del liberalismo doctrinario puro; más bien, revelaba a un intelectual de formación conservadora (por su padre, el literato Felipe Pardo y Aliaga) y pragmática (a través de sus estudios en Francia bajo la guía de Michel Chevalier), capaz de reconocer en el ordenamiento borbónico herramientas válidas para el fomento productivo.

Pardo destacaba cómo la Corona española, pese a los defectos del mercantilismo, había implementado un sistema regulado que, al estancar el tabaco, no solo fiscalizaba, sino que también protegía al labrador, fomentaba nuevos cultivos y construía infraestructura básica, lamentando que el sistema republicano de "libertad" se hubiese traducido, en la práctica, en un sistema de "abandono" donde el labrador quedaba a merced del salteador. Desde nuestra actualidad, esta preocupación por la vulnerabilidad del trabajador y la necesidad de una autoridad que proteja al débil frente al abuso resuena con fuerza. Sin embargo, la solución que Pardo vislumbraba para garantizar ese amparo terminaría cobrando un precio altísimo para la libertad económica y la iniciativa privada.

El estanco tabacalero

Hoy costaría imaginar que la manzana sobre la cual se alza el hospital Las Mercedes, fue en tiempos virreinales la sede de la Real Factoría de Tabacos, a la cual llegaban las cosechas desde Jaén, Chachapoyas y del mismo Chiclayo, a fin de ser procesadas para la venta a los pequeños cigarreros y para su exportación, principalmente a Chile. Para Pardo, el estanco tabacalero no fue un simple mecanismo extractivo, sino un modelo de economía dirigida que, con sus luces y sombras, articuló una red comercial dinámica, obteniendo fuertes rentas para el fisco, siendo un ejemplo más de la "solicitud paternal" de la metrópoli, un mecanismo que, aunque limitaba la producción, aseguraba mercados y protegía la industria local.

Lo trágico de la historia es que el Pardo presidente de la década de 1870 intentaría replicar esa misma lógica, pero aplicada al salitre. Mientras en 1860 celebraba la regulación española como un acto de tutela, en su gobierno la nacionalización y el estanco del salitre respondieron a una desesperada necesidad fiscal. Y es que una de las grandes ironías de la historia nacional fue el hecho que Pardo, el gran defensor de la necesidad del uso racional de las rentas guaneras, llegó al poder cuando ese modelo entraba en crisis.

El historiador económico Carlos Contreras ha señalado cómo Pardo buscaba salvar la hacienda pública ante la crisis del guano. El mismo Pardo lo manifestó al decir al intelectual chileno Vicuña Mackenna, “Yo veía que el guano se agotaba y que el Perú, sin hábitos todavía de trabajo se precipitaría en el abismo si no se creaba en el tiempo oportuno una sustitución al tesoro público”. El problema fue que el estanco afectó los intereses de los empresarios que habían invertido desde la virtual nada en ese sector, crítica extensamente desarrollada por salitreros como el futuro presidente Guillermo Billinghurst. Se pretendía que el Estado fuera el único comerciante de salitre, con el problema adicional que el Perú no era el único productor de salitre, pues también estaba el litoral boliviano con inversionistas chilenos.

Las dudas sobre la efectividad de sus medidas salitreras no nacen de una apología del liberalismo desenfrenado, sino de la constatación de sus frutos amargos. El estanco, junto con la inconveniente alianza con Bolivia, preparó el terreno para la desastrosa guerra del Pacífico.

A manera de conclusión

Releer a Manuel Pardo desde las páginas de La Revista de Lima nos permite desmitificar su figura. No fue solo el estadista trágico que advirtió sobre los peligros de la guerra, ni únicamente el arquitecto del primer civilismo. Fue también un intelectual que miró a la Lambayeque del siglo XVIII con admiración, viendo en nuestra región un modelo de equilibrio entre la naturaleza pródiga y el esfuerzo humano.

Al leer hoy los apuntes de Pardo, conmueve su capacidad para valorar el trabajo y diversidad de la población lambayecanas, así como la constante riqueza de nuestros valles. Pardo entendía que la verdadera riqueza no estaba solo en la extracción minera, sino en la agricultura, el tejido y el comercio diversificado. Queda la lección de que la verdadera prosperidad no surge de los monopolios estatales ni de los estancos que buscan llenar las arcas fiscales a costa de la iniciativa ciudadana, sino de una sociedad donde el trabajo digno, la propiedad legítima y la solidaridad en aras del bien común florezcan sin las trabas del patrimonialismo.

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(*) Abogado, docente universitario e historiador.

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